A Pedro García Cabrera

Pedro_Garcia_Cabrera

LAUTARO FRIGERIO 2º BACH B

Desde los antiguos filósofos ya se daba al hombre la libertad, por el mero hecho de serlo. Nos concebían seres sociales por naturaleza y destinados a formar parejas, familias, ciudades, etc. Todo aquello fuera de la ciudad seria bestia o dios. Solo dentro de esta alcanzaríamos el súmmum. Según los grandes pensadores nuestro poder de raciocinio nos eleva por encima de cualquier ser.
A medida que la humanidad ha evolucionado, el hombre ha tendido a unirse en comunidades y a crear dentro de estas un sistema eficaz, en el que todo está bajo control y en el que la vida de los organismos que lo forman está cada vez más sujeta al todo. Las partes se han sentido más cómodas relegando en los entes superiores funciones que les pesaban sin darse cuenta que a medida que se desprendían de ellas, también lo hacían de su libertad.
Toda nuestra existencia está tan controlada que la tarea de buscar un remanso de paz se vuelve hercúlea. Donde posamos ahora mismo nuestros pies era considerado antiguamente uno; uno en el que la opresión de los sistemas y de la vida impuesta se acallaba con el vaivén del mar y el ruido de los vientos, uno en el que la vida se vivía con todas las letras y se podía mirar al sol sonriendo.
No era ni el agua ni el viento, Pedro, los que nos privaban de la libertad, nuestras siete islas eran el refugio de miles de almas libres que sufrieron al igual que tú, el látigo opresor franquista y que tuvieron también que anudarse la lengua y entonar el “silencio amordazado”. Esos miles de kilómetros de mar eran los que nos separaban de ellos, los que permitían que soñadores como tú pudieran vivir en este idílico suelo sin preocupaciones banales.
Ahora podrás ver que nuestra isla no era prisión ni impedimento, era fortín y resguardo de lo innecesario; es la que nos da la libertad real, la que nos posibilita despejar la mente y mirar claramente, hablar con la boca limpia y escuchar sin interferencias, sentir y vivir como es realmente.
A tu enhorabuena y la de todos el general ya se fue, pero la fortaleza cedió y con ella todas las defensas que poseíamos, pero aún quedan horizontes de esperanzas y manos amigas a pesar de que las heridas mantengan su presencia y el tiempo no haga justicia. Los vientos ya no frenan, los mares se dominan y vida y libertad no van unidas.

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