ESPíRITU

AYNARA MESA SANTOS 2º E

Un día me di cuenta que todo lo que había vivido anteriormente era solo una ilusión. No existía, ni mi casa, ni mis amigos, ni siquiera mi familia, pues en el fondo siempre he estado solo. Aún recuerdo todos los momentos vividos, mi mejor amiga María, mi casa en la colina y mi pequeño refugio donde me retiraba a pensar con mi hermana pequeña Tamara. Cierto es, que aún sigo confundido, pues sigo creyendo que esto no fue un sueño. En las paredes de este psiquiátrico, donde cada uno de estos doctores intenta convencerme de mi locura, no me daré por vencido.

Mi casa en la colina era herencia de mis abuelos paternos, mi madre Fania cultivaba rosas en su pequeño invernadero, mi padre Luis ordenaba a los empleados las labores del día; cierros los ojos y aún puedo percibir el olor a café recién hecho, que mi padre compartía con los empleados. Mi habitación estaba en el ala norte, desde mi ventana podía divisar el valle frondoso y las altas montañas.
-¡ Hey Benjamin ! ¿Me llevarás contigo al arroyo? – Preguntó mi hermana.
Más allá de las colinas junto con mis amigos Maite y Diego habíamos construido una pequeña cabaña, ya que el resto del verano estudiábamos en la universidad “Middle”.

La enfermera entró bruscamente en mi habitación y me dijo que me preparara, pues tenía cita de nuevo con aquel psiquiatra que dulcemente y entre un medicamento y otro intentaba traerme a la realidad o mejor dicho, de vuelta a la cordura. Entré como cada día en aquella fría sala, donde con gran sorpresa, encontré a mi hermana Tamara. Grité su nombre. La abracé despavorido. Y aquella niña salió corriendo sin conocerme.
Esta fue la primera vez que dudé de mi lucidez. Mientras esperaba en la sala por el psiquiatra pude contemplar un álbum de fotos; en él había fotos de mis amigos y también aparecía yo, fuera en la cabaña, tocando la guitarra, con la hoguera encendida contando nuestras anécdotas. También contemplé fotos de mi cumpleaños, de mis padres celebrando sus grandes bailes y de mi graduación.
Me levanté muy feliz, cogí el álbum de fotos y abrazándolo fuertemente me acosté en el sillón donde diariamente hablaba con el psiquiatra, esta vez tenía una sensación de tranquilidad y paz pues sabía que de un momento a otro, estaría con mi familia y regresaría a mi mundo, a mi realidad, a la vida.
Se abrió la puerta por fin, entró el doctor con una enfermera. Abrí mis ojos y me levanté de súbito, grité de alegría y al tocar al doctor mi brazo traspasó su cuerpo quedé intacto, inmóvil, paralizado. Fue entonces cuando me di cuenta, no estaba loco, sencillamente no había vida. Estaba muerto.

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